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¿De quién es esa opinión?

Jose Poveda · 06/07/2026 · 7 min de lectura

Hace unos días, durante uno de los talleres que realizábamos en el centro de protección de menores, surgió una conversación sobre un tema de actualidad. No importa demasiado cuál era el asunto. Lo verdaderamente interesante fue observar la seguridad con la que algunos de los chicos defendían sus opiniones. Hablaban con convicción, se interrumpían cuando no estaban de acuerdo y respondían con esa firmeza que a veces acompaña a quienes todavía no han encontrado demasiadas razones para dudar de lo que piensan.

Cuando uno de ellos terminó de hablar, le hice una pregunta bastante sencilla:

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Me miró durante unos segundos y no respondió de inmediato. Por su expresión, tuve la impresión de que esperaba que discutiera su argumento, que le dijera si estaba de acuerdo o que intentara convencerlo de lo contrario. Pero no esperaba que le preguntara de dónde procedía aquella certeza.

Después de pensarlo un poco, respondió:

—No lo sé… Lo he escuchado muchas veces.

La conversación continuó y pronto pasamos a otras cosas, pero aquella respuesta se quedó conmigo durante el resto del día. No porque el chico estuviera necesariamente equivocado, ni porque yo compartiera o dejara de compartir lo que acababa de decir. Lo que me llamó la atención fue algo diferente: me pregunté hasta qué punto aquella opinión había nacido de una reflexión propia y cuánto había en ella de ideas recogidas aquí y allá, escuchadas en distintos lugares y repetidas tantas veces que habían terminado adquiriendo la apariencia de una certeza.

Y entonces la pregunta dejó de referirse a aquel chico.

¿Cuántas veces nos ocurre exactamente lo mismo a los adultos?

Vivimos rodeados de voces. Algunas nos acompañan desde la infancia y proceden de nuestra familia, de la escuela o del entorno en el que crecimos. Otras llegan de los amigos, de la televisión, de una conversación, de las redes sociales o de cualquiera de las pantallas que llevamos permanentemente con nosotros. Escuchamos interpretaciones de la realidad, juicios, certezas y explicaciones sobre prácticamente todo. Nada de esto es completamente nuevo: las personas siempre hemos construido nuestra manera de entender el mundo en relación con los demás. Quizá la diferencia sea que ahora esas voces apenas descansan y que el silencio necesario para examinarlas se ha vuelto mucho más difícil de encontrar.

Trabajar con adolescentes me ha enseñado que el problema no consiste simplemente en que reciban demasiada información. La dificultad aparece cuando entre una opinión y la siguiente apenas queda espacio para preguntarse qué parte de todo aquello que escuchan aceptan porque realmente la han pensado, cuál repiten porque pertenece al grupo con el que se identifican y cuál nunca se habían detenido siquiera a cuestionar.

Aunque quizá tampoco sea justo hablar solo de adolescentes. Basta observar muchas conversaciones entre adultos para comprobar que la edad no nos vacuna contra las certezas prestadas. También nosotros repetimos argumentos que hemos escuchado, buscamos opiniones que confirmen las nuestras y, en ocasiones, defendemos determinadas ideas con mucha más energía de la que hemos dedicado a examinarlas. Tal vez por eso aquella respuesta me interesó tanto: porque no hablaba únicamente de él. De alguna manera, también hablaba de nosotros.

Con frecuencia se dice que los educadores sociales enseñamos valores. Nunca me ha gustado demasiado esa expresión. Puede dar a entender que nosotros poseemos una especie de catálogo de respuestas correctas que debemos transmitir a quienes acompañamos. Prefiero pensar que nuestra tarea es bastante más humilde y, precisamente por ello, más exigente: crear las condiciones para que una persona pueda construir sus propios criterios, confrontarlos con los de otros y aprender que pensar también significa estar dispuesto a revisar aquello de lo que uno estaba convencido.

Por eso, en determinadas conversaciones, en lugar de responder inmediatamente prefiero devolver una pregunta: «¿Por qué piensas eso?», «¿Siempre has pensado igual?», «¿Qué te haría cambiar de opinión?», «¿Qué ocurriría si intentaras mirar el asunto desde el lugar de quien piensa justamente lo contrario?». No se trata de poner a nadie en un aprieto ni de conducirlo disimuladamente hacia la respuesta que yo considero correcta. Si hiciera eso, estaría sustituyendo unas certezas por otras. Se trata simplemente de abrir un pequeño espacio entre lo que hemos escuchado y lo que decidimos pensar.

Y algunas veces, después de una pregunta, aparece el silencio.

He aprendido a no apresurarme a llenarlo. Durante mucho tiempo los adultos hemos interpretado el silencio de los adolescentes como algo que debemos corregir inmediatamente: preguntamos otra vez, reformulamos, ofrecemos pistas o terminamos respondiendo nosotros mismos. Sin embargo, hay silencios que no significan ausencia. A veces significan que algo se está moviendo por dentro, que una respuesta automática ha dejado de servir y que la persona necesita unos segundos para encontrar otra.

Con los años también he comprendido que algunos de los avances educativos que más importan difícilmente caben en un informe. No siempre consisten en aprobar una asignatura, cumplir una norma o alcanzar alguno de los objetivos que podemos registrar en una casilla. A veces ocurren en momentos mucho más discretos: cuando un menor admite que no está tan seguro como pensaba, cuando consigue escuchar hasta el final a alguien con quien no está de acuerdo o cuando descubre que cambiar de opinión después de haber escuchado mejores argumentos no supone perder una discusión, sino haber aprendido algo.

Son transformaciones pequeñas y difíciles de medir, pero quizá precisamente ahí se encuentre una parte de la educación que merece la pena preservar.

Vivimos en un tiempo en el que resulta muy fácil encontrar respuestas y bastante más difícil encontrar lugares donde detenernos a examinarlas. Estamos acostumbrándonos a reaccionar antes de comprender, a posicionarnos antes de preguntar y, demasiadas veces, a escuchar al otro mientras preparamos la respuesta con la que vamos a rebatirlo. Por eso me parece especialmente necesario que los adolescentes dispongan de espacios donde puedan hablar sin miedo, discrepar sin convertirse en enemigos y descubrir que reconocer una duda no es una muestra de debilidad.

Aquel chico probablemente no recordará dentro de unos años el contenido de aquel taller. Es muy posible que yo tampoco lo recuerde. Pero me gustaría pensar que algo de aquella pregunta permanecerá, no porque yo esperara una respuesta determinada, sino porque durante unos segundos tuvo que detenerse ante una cuestión que quizá nunca se había planteado: de dónde procedía aquello que defendía con tanta seguridad.

Puede que una parte importante de nuestro trabajo como educadores consista precisamente en acompañar esos momentos. No en decirles qué deben pensar ni en ofrecerles nuestras propias certezas para sustituir las suyas, sino en ayudarles a detenerse, escuchar, contrastar, dudar y construir poco a poco un criterio propio.

Porque, entre todas las voces que nos acompañan a lo largo de la vida, aprender a reconocer la propia quizá sea una de las tareas más difíciles.

Y también una de las más necesarias.

Conciencia social· Educación social· Reflexiones

Acerca de Jose Poveda

Educador social. Acompaño procesos de vida, escucho historias y cuido que, en medio de todo, no se pierda lo que realmente importa.

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