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Desarmar la violencia

Jose Poveda · 12/04/2026 · 15 min de lectura

La confianza se construye despacio. A veces tiembla; otras, estalla.

En los centros de protección de menores, la violencia no siempre se manifiesta en grandes estallidos. A menudo se esconde en palabras, silencios y heridas invisibles. Esta reflexión explora cómo la empatía y el perdón pueden desactivar el conflicto y reconstruir la confianza.

Una tarde, mientras recogíamos la mesa del comedor, dos chicos discutieron por un asunto sin importancia. Uno empujó al otro y, durante un instante, la tensión quedó suspendida en el aire. Antes de que yo interviniera, el primero bajó la mirada y murmuró:

—Perdona… no medí mis fuerzas.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Aquel gesto valía más que muchas charlas sobre convivencia.

No eran choques frecuentes, pero en la adolescencia cualquier roce se vive al límite. En esa mezcla de orgullo, inseguridad y necesidad de pertenecer, el conflicto siempre está cerca.

Ante situaciones así, casi siempre he seguido la misma secuencia: reunirnos, hablar de lo ocurrido, escuchar a cada uno, buscar la forma de pedir perdón… y cerrar con un abrazo. No como ritual vacío, sino como recordatorio físico de que, por encima del conflicto, sigue habiendo vínculo.

He visto muchas veces que esa pequeña «ceremonia» ayuda: hablar, escuchar y terminar con un gesto de reconciliación suele tener más fuerza que una sanción fría.

Quizá por eso me cuesta tanto tolerar el recurso a la violencia. Ellos lo sabían: no la permitía. No es que ignore lo difícil que es contenerse; es que creo profundamente que la palabra y el diálogo deben tener la última voz.

La violencia, en cualquiera de sus formas, deja cicatrices. Algunas se ven; otras no tienen forma ni color, pero duelen igual. Lo sé por experiencia propia: no hace falta un golpe para que algo se quiebre por dentro.

Las guerras arrasan territorios; las violencias pequeñas de cada día erosionan algo más frágil todavía: la confianza.

Educar en la empatía, el respeto y el perdón es una manera de desactivar la violencia desde la raíz. No solo con discursos, sino con presencia, con ejemplo y con la paciencia de quien sabe que toda paz empieza por dentro.

La empatía: la primera forma de paz

Una tarde nos sentamos, como tantas otras veces, en el salón para hablar de una palabra que, para muchos, sonaba casi extraña: empatía. Para algunos era completamente nueva; para otros, algo escuchado de pasada, pero sin una forma concreta.

Les expliqué que la empatía no es un don reservado a unos pocos, sino una manera de mirar.

Es detenerse y preguntarse: ¿qué estará viviendo por dentro?, ¿qué teme?, ¿qué necesita?

Empatizar no es decir «te entiendo» como frase hecha. Es respetar silencios, observar gestos, escuchar sin prisa. Es comprender que detrás de cada conducta —incluso de las más duras— suele haber una historia que casi nadie conoce.

En un mundo lleno de ruido, la empatía se vuelve un acto de resistencia: resistencia al juicio fácil, al egoísmo, a la indiferencia.

Aquella tarde lo vimos con algo pequeño, de esos que parecen «nada» y, sin embargo, dejan marca.

Estábamos en la sala común cuando Marcos, sin mala intención aparente —o quizá con esa valentía prestada que a veces da el grupo— soltó una frase mirando a uno de los chicos nuevos, recién llegado del Magreb, aún inseguro con el idioma y con el lugar:

—Oye… ¿cómo se diría en tu idioma eso de «moro de mierda»?

La frase cayó como un golpe. No hizo falta gritar para herir.

El chico se quedó quieto, como si hubiera aprendido que reaccionar a veces empeora las cosas. Y ese silencio —esa forma de encogerse por dentro— a mí me dolió más que el propio insulto.

Paré allí mismo.

—Marcos —le dije—, ¿te das cuenta de lo que acabas de preguntar?

Se encogió de hombros, incómodo.

—Yo qué sé, maestro… si era una broma.

Entonces recordé la charla que habíamos tenido días antes sobre racismo: sobre cómo una palabra puede expulsar a alguien del grupo sin necesidad de empujarlo. Sobre esa violencia pequeña y cotidiana que se disfraza de chiste.

—Las bromas solo lo son cuando el otro se ríe —respondí—. Cuando el otro se queda callado, ya no es una broma: es una herida.

No miré solo a Marcos. Miré al grupo entero.

—Aquí nadie tiene que aprender a aguantar para encajar. Aquí cuidamos las palabras, pues también con ellas se decide quién pertenece… y quién se queda fuera.

El chico nuevo levantó la vista apenas un segundo. No dijo nada. Pero su cuerpo se aflojó un poco. Y supe que, al menos esta vez, no había tenido que defenderse solo.

Me giré entonces hacia él, sin exponerlo ni obligarlo a nada:

—¿Y a ti… cómo te hace sentir eso?

Tardó unos segundos. Luego habló bajito, sin dramatismo, con el cansancio de quien ya se ha explicado demasiadas veces:

—Como si ya estuviera condenado.

Como si, da igual lo que haga… siempre voy a ser «eso».

Ahí estaba la herida.

No una palabra aislada, sino el mensaje que traía dentro:

No perteneces del todo.

No vas a salir de ahí.

Eres menos que los demás.

Les pedí algo sencillo: que, durante un minuto, dejaran de discutir y se imaginaran cómo sería vivir con ese cartel pegado en la frente. No un día. No una semana. Años.

—Antes de responder —les dije—, pensad esto: ¿cómo se aprende a portarse bien si lo único que escuchas es que vas a fallar?

No hizo falta un sermón. Solo una pregunta bien puesta.

Marcos bajó la mirada. La sala quedó en silencio. Y en ese silencio ocurrió algo importante: la «broma» dejó de ser graciosa.

Un rato después, cuando ya recogíamos, Marcos se acercó sin hacer teatro, casi a escondidas del grupo.

—Oye… lo siento —murmuró—. Me he pasado.

No fue una disculpa perfecta. Pero fue real.

Y, en la adolescencia, eso ya es un paso enorme.

La empatía no borra los conflictos, pero abre caminos donde antes solo había muros.

De la herida de fuera a la herida de dentro

Del daño que causan las palabras ajenas al que arrastramos por dentro, a veces solo hay un paso. Porque el golpe no siempre viene de fuera: a veces lo llevamos instalado, doliendo en silencio.

Y cuando el grupo entiende eso, aparece otra pregunta más difícil: ¿qué hacemos con lo que ya se dijo? ¿Y con lo que llevamos dentro?

El perdón: soltar lo que pesa

Hablar de empatía nos llevó, casi sin darnos cuenta, a otro lugar más complejo: el perdón. Comprender al otro es un primer paso… pero hay heridas que necesitan algo más para empezar a cicatrizar.

Una tarde, en la sala común, Álex explotó contra Juan después de un comentario desafortunado sobre su madre.

—¡No pienso perdonarte nunca! —gritó—. ¡No vuelvas a acercarte a mí!

En ese grito había mucho más que rabia: abandono, pérdidas, decepciones antiguas, un cansancio profundo que no sabía cómo nombrar.

Cuando uno ha sufrido mucho, perdonar puede parecer una traición a uno mismo. Como si al hacerlo estuvieras diciendo: «Lo que me hicieron no importó».

No se trataba de justificar nada.

Ni de hacer como si no hubiera pasado.

Para él, empezar a perdonar era, sobre todo, dejar de vivir atado a una rabia que ya no le protegía de nada. Con frecuencia esperamos que el otro venga a pedir disculpas, y ese gesto no llega nunca. Entonces la herida se enquista y se vuelve dureza.

El perdón del otro no depende de nosotros. Lo que sí depende es no permitir que ese silencio nos destruya por dentro.

Mientras hablábamos de todo esto, sentí la necesidad de decirles algo más. No como lección, sino como verdad vivida.

Les conté que mi relación con mi padre no fue sencilla. Que hizo cosas bien y otras que me hicieron daño. Que durante años cargué con enfados, reproches y palabras que nunca llegué a decirle. Y que, sin embargo, cuando murió, ocurrió algo que no esperaba: en la misma cama donde falleció me acerqué y le dije en voz baja:

—Te perdono, papá.

No fue un gesto solemne ni preparado; fue, más bien, como si después de tanto tiempo algo por dentro encontrara por fin la forma de soltarse.

Entendí que seguir cargando con ese peso ya no me protegía de nada.

No les dije que fuera fácil. Ni rápido. Solo les dije que el perdón, cuando llega, no libera al otro: te libera a ti.

Heridas que no eligen quién las sufre

Recuerdo a Julián, que cargaba una rabia antigua dirigida hacia una madre a la que nunca llegó a conocer. Había muerto poco después de su nacimiento, y todo lo que él sabía de ella estaba atravesado por el daño que su ausencia —y sus adicciones— había dejado en su cuerpo y en su historia.

Creció con un peso que no eligió y con un relato heredado que no ayudaba a sanar.

Una tarde se acercó a mí. Recordaba aquella charla en la que les hablé del perdón, de mi padre, de una relación difícil, de cosas que dolieron y de cómo, con los años, entendí que perdonar no era justificar nada, sino dejar de cargar con un peso que ya no protegía.

Lo dijo casi sin levantar la voz:

—No sé si puedo perdonarla… pero tampoco quiero vivir toda mi vida enfadado.

No había ternura en esa frase. Había cansancio.

Ahí se revelaba algo importante: no siempre se trata de reconciliarse con alguien, ni siquiera de comprenderlo. A veces, el perdón no va dirigido al otro, sino a uno mismo: a la decisión de dejar de alimentar una rabia que ya no protege, solo desgasta.

Ese chico no resolvió nada aquel día. Pero algo se movió. No hacia el perdón completo, sino hacia una decisión más humilde y honesta: no dejar que el odio siguiera marcando cada paso.

El perdón no es una meta moral ni una obligación. Es un camino personal.

Y, en algunos casos, el mayor acto de cuidado es permitir que ese camino sea lento, incompleto… o incluso incierto.

Acompañar también es eso: no empujar hacia la paz, sino caminar al lado mientras alguien decide qué peso puede —y quiere— soltar.

Una noche de gritos y silencio

Las noticias están llenas de agresiones entre adolescentes. Lo inquietante es que muchos de esos titulares podrían llevar el rostro de algún chico con el que trabajo. No porque sean «malos», sino porque crecieron sin espacios seguros donde hablar de lo que sienten.

Una broma mal entendida encendió la chispa entre Daniel y Karim. Bastó una palabra. El orgullo hizo el resto.

La rabia estalló: voces, empujones, golpes.

Con la ayuda del vigilante logramos contener la situación. Su intervención fue la necesaria: proteger cuando el desorden desborda.

En mitad de ese forcejeo, uno de los chicos me dio un empujón sin intención. No fue un golpe directo, más bien el arrastre torpe de varios cuerpos intentando separarse a la vez. Bastó ese gesto mínimo para que mis piernas dijeran basta. Noté cómo se aflojaban de golpe y, antes de poder reaccionar, ya estaba en el suelo.

No fue una caída aparatosa, pero sí lo bastante clara como para recordarme, en medio del ruido, que mi cuerpo tiene límites y que no siempre llega donde mi cabeza querría.

En ese momento casi nadie se dio cuenta: la adrenalina, los gritos y la tensión pusieron el foco en otra parte. Yo me levanté como pude, seguí haciendo lo que tocaba y el incidente continuó su curso. Parecía solo una nota al margen.

El protocolo se activó. Todo fue correcto y profesional. Y, aun así, cada paso recordaba lo mismo: la violencia nunca se queda solo en quienes la ejercen.

Después vino el silencio. No un silencio vacío, sino ese que llega cuando el cuerpo aún tiembla y la cabeza intenta ordenar lo ocurrido. El centro siguió funcionando —turnos, puertas, luces—, pero algo había quedado suspendido en el aire.

Cuando ya se había organizado el traslado provisional de Daniel y la casa intentaba recuperar la rutina, salí a caminar con Karim.

Karim no llegó al centro por un único episodio, sino después de un recorrido largo y fragmentado. Había pasado por varios recursos de protección, con fugas intermitentes que lo llevaban de un lugar a otro. Cada vez que desaparecía, la Policía lo localizaba y el sistema trataba de reubicarlo, como quien mueve una pieza que nunca termina de encajar.

En una de esas huidas decidió marcharse para buscar a su padre en Francia. El viaje de ida iba cargado de expectativas: la idea de un reencuentro que, quizá, arreglara por fin algo de su vida.

La realidad fue mucho más áspera: la convivencia no funcionó, la precariedad se hizo evidente y el viaje de ida —lleno de esperanza— se convirtió, con el tiempo, en un regreso largo y penoso, hecho de estaciones, favores y noches incómodas.

En uno de esos controles rutinarios, ya en España, fue identificado y se reactivó el engranaje de protección: contacto con los servicios de protección y, finalmente, su tutela quedó adscrita a nuestro centro.

Su mochila pesaba mucho más que la mía. La mía traía años de oficio y un cuerpo al que he aprendido a escuchar. A Karim le quedaba toda una vida por delante, y ya venía demasiado cargado.

Caminamos un buen rato en silencio. Él iba todavía removido por la pelea, debatiéndose entre la rabia y la culpa. Yo seguía notando la torpeza en mis piernas después de la caída, ese cansancio antiguo que a veces aparece sin pedir permiso.

En un tramo del camino tropecé ligeramente con un bordillo. No fue un traspiés grave, pero sí lo suficiente para que él lo percibiera. Sin pensarlo, me ofreció su brazo:

—Ten cuidado, maestro. No quiero que te caigas.

No fue un gesto pensado ni buscaba quedar bien. Le salió como salen las cosas verdaderas: rápido, discreto, sin adornos.

Aquello me conmovió profundamente. Acababa de protagonizar una situación violenta, venía desbordado por dentro… y, aun así, fue capaz de salir un instante de su propio torbellino para cuidar de otro.

No era la primera vez que un chico me ofrecía el brazo. Para ellos no es lástima ni condescendencia: es una forma directa de respeto. Una manera de decirte, sin muchas palabras: «Te veo. Me importas».

Pero esa tarde, con la pelea todavía reciente y el eco de los gritos en la cabeza, ese gesto tuvo un brillo distinto. Me recordó algo que conviene no olvidar cuando trabajamos con jóvenes que arrastran tanta historia:

La rabia no anula la capacidad de cuidar. A veces conviven. A veces, incluso, el cuidado aparece como la última tabla a la que uno se agarra para no perderse del todo.

Mientras caminábamos apoyado en su brazo, pensé que quizá educar también era esto: reconocer esos instantes mínimos en los que alguien demuestra que no está definido solo por su peor momento, sino también por lo que es capaz de hacer cuando nadie se lo exige.

Días después, cuando todo se había calmado, Daniel se me acercó en un pasillo, casi en voz baja:

—Maestro… ¿aquel día te hice daño? Lo siento mucho.

No buscaba rebajar la sanción ni limpiar su expediente. Lo vi en su mirada: lo que le preocupaba de verdad no era el parte escrito, sino la posibilidad de haberme herido a mí.

Ese «lo siento» tardío valía más que cualquier disculpa formal. Mostraba algo que a veces olvidamos cuando solo miramos la conducta: incluso en quienes estallan con violencia sigue habiendo un fondo capaz de cuidar, de hacerse cargo, de preguntar si el otro está bien.

El valor de permanecer

Después de noches de gritos, de peleas que duelen más por lo que esconden que por los golpes, descubrí otra verdad importante: no todo vínculo se juega en el conflicto.

A veces la educación se parece más a un motor que vuelve a arrancar despacio, pieza a pieza.

De eso habla la historia de José Manuel.

Educación social· Reflexiones

Acerca de Jose Poveda

Educador social. Acompaño procesos de vida, escucho historias y cuido que, en medio de todo, no se pierda lo que realmente importa.

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