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Donde duelen las visitas

Jose Poveda · 14/04/2026 · 6 min de lectura

Existen emociones que ningún informe recoge. Momentos que no caben en las casillas de una aplicación ni en los márgenes de una hoja firmada. Son esos instantes en los que un niño, sentado en un centro de protección, descubre que querer a su familia también puede doler.

Los niños llegan al centro por protección, no por castigo. Pero ellos no siempre lo entienden. Para la administración son palabras: desamparo, riesgo grave, urgencia.

Para ellos es algo más simple —y más duro—: estar lejos de quienes quieren, sin comprender por qué.

Y ahí empieza una herida que no siempre sangra, pero pesa.

Preguntas que aprietan el corazón

Francisco ingresó en el centro tras declararse el desamparo. Aquel día yo estaba de turno. Llegó acompañado por dos profesionales que ya venían trabajando con su familia: gesto sereno, voz baja, esa manera de acompañar sin invadir.

Y él, cruzando la puerta sin conocer el lugar ni a nadie, con una mirada que buscaba algo familiar y no lo encontraba.

Esa misma mañana estaba con los suyos. Unas horas después, estaba allí. Sus juguetes, sus amigos, su casa… de pronto quedaron lejos, como si alguien hubiera movido el suelo sin avisar.

Francisco miraba alrededor intentando entender el nuevo mapa: pasillos, puertas, caras que sonaban a «adultos», pero no a «los míos». Las preguntas le salían como un borde al que agarrarse para no caer:

—«¿Estaré mucho tiempo aquí?»

—«¿Podré volver pronto si me porto bien?»

—«¿Cuándo podré ver a mis padres?»

No preguntaba por curiosidad. Preguntaba por miedo.

Quienes conocíamos su caso sabíamos que el retorno no sería rápido. Y, aun así, el primer día no es para soltar verdades como piedras; es para que un niño no se quede solo dentro del golpe.

Me quedé cerca. No para prometer, sino para que notara que había alguien a su lado mientras intentaba ordenar lo imposible.

Con los días fui viendo cómo trataba de encajar. Tenía esa prisa falsa de algunos niños por parecer mayores, como si endurecerse fuera una forma de protegerse. Imitaba gestos, palabras, bromas… pero el cuerpo seguía siendo de niño, y el cansancio era antiguo.

Yo lo observaba con ternura y con esa responsabilidad que rara vez se dice en voz alta.

No podía devolverle lo perdido ni prometerle un final distinto al que la realidad permitía. Pero sí podía hacer algo más humilde —y quizá por eso más verdadero—: sostener el tramo que nos tocaba caminar.

Estar ahí mientras el tiempo hacía su trabajo. No adelantar respuestas. No cerrar heridas a la fuerza.

Y aunque con el tiempo sus preguntas cambiaron de forma —se volvieron más prudentes, menos urgentes, a veces incluso se disfrazaron de silencio— el fondo seguía siendo el mismo:

«¿Cuándo podré volver a casa?»

La espera que parte en dos

Los días de visita, Francisco se ponía más inquieto de lo habitual. El reloj de la cocina se volvía un enemigo.

—¿A qué hora viene mi madre, maestro?

—¿Y si no llega?

Iba y venía por el pasillo. Bajaba a conserjería. Volvía a subir las escaleras, como si quedarse quieto fuera peligroso. El cuerpo le pedía moverse, aunque no hubiera nada que hacer.

La víspera decía que llevaría un dibujo, una pulsera o «algo». Y cuando llegaba el momento, todo se le atropellaba por dentro. Aun así, siempre aparecía un detalle: un papel doblado a toda prisa, una pulsera hecha a ratos, una frase con letras torpes: «Te quiero mucho».

No era organización.

Era necesidad de dejar una señal.

Cuando desde conserjería avisaban de que ya habían llegado, Francisco salía al pasillo como empujado por dentro. Bajaba las escaleras acompañado por el educador, con el corazón yendo más rápido que los pies. Yo solía quedarme a cierta distancia: esos minutos son territorio delicado, casi sagrado.

En aquellas primeras ocasiones, el equipo no asistía a la entrevista. La sostenían otros profesionales, como marca el protocolo. Su presencia es necesaria: ayuda a encuadrar la conversación, evita que derive en reproches, cuida los tiempos y garantiza que ciertos asuntos se traten con un marco claro y seguro.

Con el tiempo entendí mejor ese enfoque. Protege. Ordena. Evita que todo el dolor caiga de golpe.

Pero el día a día me enseñó otra cosa: lo que ocurre en esa sala no se queda en esa sala.

A la salida, el niño no vuelve al aula ni a su casa: sube de nuevo al hogar donde vivimos juntos cada día. Cruza el comedor, el salón, el pasillo donde jugamos y discutimos, y se deja caer en el sofá para ver una serie después de la cena.

Y allí estamos nosotros: los que ponemos la mesa, marcamos la hora de la ducha, preguntamos por los deberes y reconocemos, casi sin palabras, cuándo algo se le ha removido por dentro.

Con el tiempo, llegué a una conclusión sencilla:

La técnica ordena el relato;

el vínculo sostiene lo que el relato remueve.

El dolor —lo aprendí pronto— no siempre ocurre donde está previsto.

A veces se contiene dentro del despacho… y se derrama al cruzar la puerta.

En la entrevista el niño se aguanta —por pudor, por orgullo, por miedo— y es después, cuando la puerta se cierra, cuando el cuerpo afloja.

Ahí, en el pasillo, ya de camino al hogar, el sufrimiento deja de ser un «tema» que se aborda: es una carga que toca sostener.

Y en ese tramo breve, quienes convivimos con ellos a diario a veces somos más necesarios que nunca. No para dirigir, ni para preguntar, ni para «hacer terapia» por nuestra cuenta. Eso no nos corresponde.

Nos corresponde otra cosa: recibir lo que queda, acompañar el temblor y evitar que se convierta en desorden. Ser puente entre lo que se removió y la vida que sigue: la merienda, la ducha, la tarea, la cena.

Devolver un poco de suelo bajo los pies sin invadir el trabajo técnico, sin apropiarnos de lo que no es nuestro.

El encuadre sostiene la entrevista.

El vínculo, el regreso.

Educación social· Reflexiones

Acerca de Jose Poveda

Educador social. Acompaño procesos de vida, escucho historias y cuido que, en medio de todo, no se pierda lo que realmente importa.

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