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Fran: cuando el refugio también parece jaula

Jose Poveda · 26/04/2026 · 6 min de lectura

Fran podría representar a muchos de los chicos del centro. Y, al mismo tiempo, era él: su manera de estar, su cansancio, su forma particular de pedir aire.

Mantenía una relación muy complicada con su padre y cargaba, además, con la ausencia de su madre, fallecida tiempo atrás en circunstancias duras. Los primeros contactos con el consumo, la calle, los alojamientos precarios y una salud emocional frágil fueron marcando su historia a golpes, mucho antes de llegar a nuestro hogar.

Era un adolescente “difícil” a ojos de muchos.

Por eso me asignaron su tutoría. No por ser mejor que mis compañeros —en este trabajo nadie se sostiene solo—, sino por algo más sencillo: quizá tenía cierta facilidad para acercarme a algunos chicos cuando el mundo se les venía encima. Intentaba acompañarlos desde ahí: sin falsas promesas, sin expectativas vacías, sin esa prisa adulta por “arreglarlo todo”.

A veces bastaba con mirarlos a los ojos y decir, con calma, lo único que era cierto:

—Estoy aquí.

Cuando el problema les golpeaba y les hacía estallar, en medio del desorden se escapaba, a veces, una frase que aún me acompaña:

—Maestro… gracias por entenderme y estar ahí.

Yo pensaba, en silencio, que quizá no era que yo les entendiera mejor que nadie. Quizá era, simplemente, que no me retiraba cuando la cosa se complicaba.

Con el tiempo fuimos tejiendo una confianza discreta. Siempre respetuoso conmigo, incluso en sus peores días. Su equilibrio emocional era frágil y los consumos esporádicos dificultaban la adaptación al centro, aunque esas conductas se fueron reduciendo.

No por milagro, sino por constancia: límites claros, seguimiento, conversación cuando se podía… y calma cuando no se podía hablar.

El humo que sostiene

Muchas tensiones se concentraban en algo que, desde fuera, puede parecer insignificante: un cigarrillo de vez en cuando.

Siempre he estado en contra del tabaco. Años atrás vi cómo la vida de mi padre se apagaba poco a poco en una cama de hospital, víctima directa de fumar. Aquella experiencia dejó en mí una conciencia muy clara del daño que causa.

No lo minimizo. No lo relativizo.

Pero en el centro aprendí algo incómodo: para algunos chicos, el cigarrillo no es solo tabaco.

Es una tregua.
Una pausa torpe frente al desbordamiento.
Un gesto aprendido para calmar la ansiedad.
Un modo —insano, pero comprensible— de sostenerse cuando aún no conocen otras herramientas.

Acompañar, a veces, es distinguir entre lo que no compartes… y lo que no puedes romper de golpe sin dejar a alguien sin suelo.

Con Fran, más que levantar un muro de prohibiciones, me importaba entender qué intentaba sostener con ese humo.

Fran no era “un caso perdido”. Quería mejorar; se le notaba cuando hablábamos sin prisa: en la forma en que escuchaba, en cómo se le ablandaba la mirada cuando se sentía comprendido. A veces asomaba una esperanza tímida; ese asentir breve que parecía decir: vale, lo intento.

Pero echaba de menos la libertad precaria que había tenido fuera: decidir por sí mismo, caminar sin horarios, sentirse dueño de su cuerpo… aunque la vida se le estuviera desbordando. Para alguien que ha vivido así, el centro puede sentirse, al mismo tiempo, refugio y jaula.

Por eso, cuando llegó el momento, lo vi venir… y, aun así, dolió.

Un día, en un turno en el que yo no estaba, Fran decidió irse.

Me dolió más de lo que me gusta reconocer. No solo por el miedo inmediato —dónde estará, con quién, si comerá, si alguien se aprovechará de él—, sino por la sensación de que, justo cuando empezaba a abrirse una rendija de confianza, necesitaba medirse lejos.

Quizá fue su manera de evitar una despedida. O de comprobar si podía sostenerse solo, aunque fuera durante unos días. Quizá no lo sepa nunca del todo. Lo único claro es esto: cuando un adolescente necesita aire —aunque ese aire sea peligroso—, encuentra su salida.

La noche del regreso

Era de noche cuando la puerta del centro volvió a abrirse. Fran llevaba una semana fuera. Regresó acompañado por la Policía. Traía la ropa sucia, la mirada baja y ese gesto en el que se mezclan agotamiento y alivio.

No le reproché nada. Me acerqué despacio y lo abracé. No dijo una palabra, pero su cuerpo hablaba.

—Sube a tu habitación y ahora hablamos —le dije con suavidad.

Esbozó una media sonrisa.

—Vale, maestro.

Más tarde, ya sentados en el salón, saqué mi bocadillo y el termo con café con leche.

—Es de queso —le advertí con una sonrisa leve—. Sé que no te gusta mucho, pero es lo que hay.

—Gracias, maestro.

Aquella noche no necesitaba disciplina. Necesitaba descanso.

Comió en silencio. Un silencio que, por una vez, no pesaba: descansaba. Bebió el café con leche despacio, como si también eso formara parte del regreso.

La noche terminó así: sin preguntas, sin reproches, sin promesas. Solo con la certeza de que, al menos por unas horas, no estaba solo y no tendría que seguir resistiendo.

A veces eso basta para volver a empezar, aunque sea despacio.

La despedida que no pudimos vivir

Durante un tiempo, las cosas parecieron estabilizarse. No era una calma perfecta, pero sí una tregua.

Hasta que un día ya no regresó del instituto. Esta vez se fue convencido de que sería para siempre.

Dos días después me llegó un mensaje suyo, a través de otro chico del hogar. No me lo envió directamente; quizá era su manera de estar y no estar al mismo tiempo:

«Estoy bien. No te digo dónde estoy porque luego te van a preguntar y tú vas a tener que decirlo. Gracias por todo, maestro, pero me voy. Total, en breve cumplo los dieciocho y me tocará irme del centro. Solo lo he adelantado. No te preocupes.»

Ese fue el último mensaje de Fran.

No hubo despedida en la puerta. No hubo tiempo para decirle todo lo que me habría gustado que se llevara consigo. Desde entonces, muchas veces me he preguntado dónde estará.

Junto a la tristeza apareció otra cosa: un respeto hondo por su decisión de intentarlo fuera, aun sabiendo los riesgos. No sé si fue la mejor opción; sé, simplemente, que fue la suya.

Volví al despacho, cerré el papeleo pendiente. Me quedé un instante quieto, con el bolígrafo suspendido en la mano, y dejé que una verdad sencilla se acomodara por dentro:

Acompañar no asegura que todo salga bien.
Pero deja una lumbre pequeña:
la memoria de alguien que no se apartó.
Que no lo miró como un problema,
sino como un nombre.

Educación social· Reflexiones

Acerca de Jose Poveda

Educador social. Acompaño procesos de vida, escucho historias y cuido que, en medio de todo, no se pierda lo que realmente importa.

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