En el centro hay noches en las que la inquietud pesa más que la esperanza. Y, casi siempre, tiene un rostro concreto: el miedo a que un chico, desbordado por lo que lleva dentro, decida irse.
Cuando un adolescente desaparece, algo en nosotros también se desplaza con él.
Pocas cosas dejan un nudo tan seco como ese aviso dicho casi sin voz:
—No está.
Un nudo hecho de alarma y de culpa, de miedo y de memoria.
En cuanto la frase cae, el tiempo cambia de textura. La vida deja de ser rutina y se vuelve intemperie. Ya no cuentan los horarios ni las tareas: cuenta lo único importante, encontrarlo. Y que esté bien.
No sucede de una sola manera.
A veces aprovechan una rendija literal: una puerta que no quedó cerrada del todo; una cadena de pequeños descuidos que, por separado, parecen inofensivos… hasta que dejan de serlo.
Otras veces se van con una excusa rápida, dicha con tono casual, como quien solo pide aire:
—¿Puedo bajar a fumar?
Hay marchas que se hacen en silencio, sin gesto dramático, como si el cuerpo conociera el camino antes que la cabeza. Otras duelen más por lo cotidiano: simplemente no regresan del instituto, y el hueco se instala en el hogar como una silla vacía que nadie se atreve a mirar de frente.
Estas situaciones siempre encuentran su rendija. No es que el centro sea frágil: cuando la angustia aprieta, se vuelve ingeniosa. La rendija puede ser una puerta, sí, pero también una emoción mal encajada, una llamada que descoloca, una visita que remueve, un recuerdo que irrumpe.
A veces se van para buscar aire; otras, para huir del dolor. Y muchas —aunque parezca contradictorio— para comprobar si de verdad a alguien le importa.
Lo peor no es solo que se vaya. Es no saber.
No saber dónde está, con quién, si tiene frío, si ha comido, si está a salvo. Mientras fuera la ciudad sigue como si nada, dentro del centro se activa otra vida: teléfonos, miradas que se cruzan, ese silencio tenso en el que cada uno asume su parte sin venirse abajo.
Conviene recordarlo: un centro de protección no es una cárcel. Procuramos que la vida se parezca, tanto como sea posible, a la de fuera. Pero esa normalidad —tan necesaria— implica riesgos que no se pueden borrar del todo.
El protocolo se activa sin margen para dudar: llamadas, avisos, revisión de datos, coordinación con la Policía. Todo está previsto. Todo avanza.
Pero nada de eso evita lo que ocurre por dentro.
No es exactamente miedo, aunque se le parece. Es una mezcla de preocupación, impotencia y tristeza silenciosa que se instala en el pecho y no se mueve.
Y aunque no somos padres ni madres —ni debemos serlo—, hay una parte de esa angustia que se parece demasiado a la de cualquiera cuando alguien a quien quiere no vuelve.
Lo que duele no es solo la ausencia. Es la imagen de ese chico fuera, a la intemperie, con su mundo interior a cuestas. Y la certeza de que, en ese instante, todo lo construido —rutina, límites, vínculo— queda suspendido en una pregunta simple y brutal:
¿Dónde está?
En mitad de todo, yo suelo asomarme a su habitación. No por control, sino por necesidad de entender. La cama está hecha con el cuidado habitual, demasiado perfecta, como si el cuarto hubiera quedado en pausa antes de su marcha. La manta doblada. El cojín en su sitio.
La ausencia se delata en lo que falta: el hueco exacto donde caía la mochila; el cargador que ya no está. El armario, cubierto por una cortina tranquila que no es calma. Dentro, sus pocas pertenencias, alineadas. Esperando.
Ese pequeño universo incompleto duele más de lo que uno admite.
Y, sin embargo, el centro no se detiene. Hay tres turnos al día y siempre hay alguien ocupándose de lo cotidiano: una mesa que se pone, una medicación que se revisa, una llamada más que se hace, una anotación que se completa, una compañera que baja a calmar, otra que sube a evitar que un conflicto prenda.
La vida sigue porque tiene que seguir. En esos momentos, sostener lo ordinario también es una forma de protección. Por fuera haces lo que toca. Por dentro, una parte de ti se queda en pausa, escuchando —sin quererlo— un sonido imaginado:
unos pasos que vuelven.
Porque, en el fondo, todo se reduce a eso.
A que vuelva.




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