A veces, la rabia no es más que una forma desesperada de pedir refugio.
Recuerdo a Laura, una adolescente de diecisiete años que llegó al centro con la mirada rota y los hombros siempre en guardia.
La recibí la noche en que llegó acompañada por agentes de policía. Apenas hablaba. Caminaba con esa mezcla de rabia y desconcierto que a veces aparece cuando alguien siente que todo lo conocido acaba de derrumbarse. Llevaba el móvil en la mano como quien sostiene lo último que todavía le pertenece.
En mitad del procedimiento me pidió, con firmeza, usar el teléfono para llamar a su novio.
—El móvil es mío. ¿Por qué no puedo hablar con él?
Para ella era algo sencillo de entender. En medio del caos necesitaba agarrarse a algo conocido. Una voz que le devolviera un poco de suelo bajo los pies.
No pedía un privilegio.
Pedía un ancla.
Para nosotros, sin embargo, entraban en juego las normas del centro. No como castigo, sino como protección. Porque no toda llamada calma. Algunas precipitan conflictos, alimentan dependencias o dejan silencios al otro lado que se viven como un nuevo abandono.
Intenté explicárselo despacio, con cuidado.
Pero en sus ojos aquello sonaba a puerta cerrada.
Lo que probablemente escuchaba era otra cosa:
«Acabo de llegar, estoy asustada y ni siquiera me dejáis agarrarme a una voz».
Aquello fue solo el comienzo.
Después vendrían los desafíos constantes, las respuestas impulsivas, la rabia utilizada como escudo y ese miedo silencioso que aparecía por debajo de todo. También el aprendizaje —lento y frágil— de intentar respirar antes del estallido.
Cuando regresé al centro tras unos días de descanso, solicité asumir su tutoría. Lo hice desde una convicción que he aprendido con los años: muchas veces la violencia no nace únicamente de la agresividad, sino también del sufrimiento. Hay personas que no saben pedir ayuda de otra manera.
Durante semanas trabajamos cosas aparentemente sencillas:
reconocer la emoción antes del grito,
poner nombre a lo que sentía,
respirar antes de reaccionar,
escribir aquello que no conseguía decir en voz alta.
Y cuando el ambiente del hogar se quedaba pequeño, salíamos a caminar.
Íbamos hasta el parque cercano sin prisa, dejando que el paso ordenara poco a poco lo que la cabeza todavía no podía. A veces hablábamos. Otras veces apenas decíamos nada.
Yo la observaba caminar y, sin querer, pensaba en lo fácil que resulta olvidar que detrás de muchos conflictos sigue habiendo adolescentes intentando encontrar un lugar seguro en el mundo.
No era una chica “difícil”.
Era una chica herida defendiendo como podía lo poco que aún quedaba intacto dentro de ella.
Un día, después de una actividad para trabajar la gestión de la ira, le pregunté cómo se había sentido.
Guardó silencio.
Pero no era un silencio desafiante. Era el silencio de quien busca algo dentro de sí y todavía no sabe cómo nombrarlo.
Cuando finalmente habló, dijo muy poco.
Sin embargo, fue suficiente.
Lo importante no fueron las palabras exactas, sino el gesto: por primera vez bajó un poco la guardia.
Y eso, en determinados contextos, ya es muchísimo.
Semanas después, Laura regresó con su familia. El sistema cerró su carpeta.
Pero su historia siguió abierta.
Tiempo más tarde supe que las dificultades continuaban. Y sentí una frustración honda. Porque acompañar dentro del centro ya había sido duro; imaginarla fuera, otra vez sin red suficiente, dolía aún más.
Me descubrí pensando muchas veces en lo mismo:
si lo trabajado permanece cuando nosotros desaparecemos,
si el vínculo resiste cuando el marco se rompe,
si alguna parte de aquello realmente acompaña después.
Y comprendí algo importante:
A veces nuestro trabajo no consiste en garantizar resultados.
Consiste en dejar dentro de alguien una experiencia distinta:
el recuerdo de haber sido escuchada,
tratada con dignidad,
mirada sin miedo,
incluso en sus peores días.
Me pregunté muchas veces qué más podía haber hecho.
Y entendí algo que todavía hoy me acompaña:
A veces la rabia
solo es una forma torpe
de pedir abrigo.
Y acompañar,
aunque no siempre cambie el final,
también puede dar calor al camino.




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