Después de noches así, la vida sigue en el centro, aunque se apaguen las luces.

Queda algo flotando en el aire: preguntas sin respuesta, frases que no supieron dónde caer, miradas que se quedaron a medias.
Uno se va a casa, pero no se va del todo. El cuerpo descansa; la cabeza tarda más.
Hay días en los que el trabajo no termina con el relevo. Continúa en silencio: mientras conduces, mientras cenas sin hambre, mientras intentas dormir… Y entonces vuelven escenas que se sientan en la habitación contigo, sin pedir permiso.
Al día siguiente, el centro vuelve a latir.
Regresan las rutinas. Reaparecen las normas. Los chicos se levantan como si nada hubiera pasado.
Pero en el desayuno hay un «buenos días» que sale más bajo. En el pasillo, una puerta se cierra con más fuerza de la necesaria. En el sofá, alguien mira la televisión sin mirar nada.
No preguntas. No empujas. No rellenas el silencio.
Pones la merienda. Dejas un vaso cerca. Te sientas a una distancia justa.
A veces, el dolor no estalla.
Se queda ahí.
Esperando a que alguien no se retire.

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