A veces la sociedad mira a algunos adolescentes únicamente a través de sus conductas.

Ve la rabia.
La agresividad.
El insulto.
La fuga.
La violencia.
El fracaso escolar.
El expediente.
Y deja de mirar al chico.
Pero nadie nace queriendo destruirse.
Detrás de muchas conductas difíciles suele haber historias que comenzaron a romperse mucho antes:
infancias donde faltó cuidado,
hogares donde el miedo ocupó demasiado espacio,
niños que aprendieron antes a defenderse que a confiar,
adolescentes que crecieron creyendo que pedir ayuda servía de poco.
Eso no convierte cualquier conducta en aceptable.
Ni elimina la responsabilidad sobre el daño que puedan causar.
Pero sí obliga a mirar más allá del síntoma.
Porque a veces la violencia no es fuerza.
Es miedo mal aprendido.
Y muchas veces, detrás de quien más empuja para que lo aparten, solo hay alguien intentando comprobar si esta vez también lo abandonarán.
Trabajar en un centro de protección de menores me ha enseñado algo importante:
hay chicos que llevan tanto tiempo sintiéndose un problema, que terminan creyendo que no pueden ser otra cosa.
Por eso acompañar no consiste solo en poner límites.
También consiste en recordarles, incluso cuando ellos ya no pueden hacerlo, que siguen siendo personas dignas de cuidado, de respeto y de futuro.
Ningún niño nace queriendo destruirse.
Pero algunos crecieron demasiado solos.

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