La primera vez que vi a Lamin llevaba una pequeña bolsa de tela desgastada y poco más.

Era una tarde calurosa. Había llegado acompañado por la Policía Nacional. Mientras realizábamos los trámites de ingreso observaba todo en silencio, como hacen quienes aún no saben si el lugar al que han llegado será una nueva oportunidad o una nueva decepción.
No hablaba apenas castellano. Tampoco parecía tener prisa por hacerlo.
A veces el cansancio es un idioma universal.
Durante aquellos días pensé en algo que he escuchado demasiadas veces.
Que los menores extranjeros que llegan solos son un problema.
Que representan una amenaza.
Que son números.
Que son estadísticas.
Pero los números no tienen mirada. Las estadísticas no sienten miedo.
Y las amenazas no recuerdan el olor del campo donde crecieron.
Lamin sí.
Por eso, cada vez que escucho hablar de ellos como si fueran una masa uniforme, recuerdo su rostro.
Y el de tantos otros.
Porque detrás de cada sigla hay una historia.

Deja una respuesta